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Beatriz Marín García obtiene el segundo premio del V Certamen de Relatos Cortos – Ayuntamiento del Rosario, Modalidad Juvenil

Nuestra alumna de 1º de Bachillerato continúa la senda de premios obtenidos por los alumnos de la Casa Azul en las diferentes modalidades y en diferentes concursos tanto a nivel regional como nacional.

A continuación les brindamos la oportunidad de disfrutar del relato premiado.

-El jurado ha dado su veredicto. Charlotte Adams ha sido declarada culpable de cometer los tres asesinatos de los que se le acusaba. Será condenada a pena de muerte y ejecutada, por medio de una inyección letal, dentro de una semana. ¡Se levanta la sesión!

-¡No! ¡No! ¡Juro que soy inocente! ¡Déjenme probarlo! ¡Se lo suplico!- las palabras salían como la lava de un volcán. Me quemaba cada una de ellas. Ya era la última de las apelaciones posibles. Mi última oportunidad.

Dos guardias me cogieron me arrastraron fuera de la sala, donde estaba mi marido. Con otra. Casi pude oír el «click» de la bombilla que se encendió en mi cabeza.

-¡Tú!- grité-¡Has sido tú! ¡Señoría, señoría! ¡él lo ha planeado todo! ¡Mírelo! ¡Sabía que me condenarían! ¡Que mi fortuna sería suya! Valiente c…..

-¡Llévensela! Señora Adams, los papeles de divorcio estaban en trámites…

Acto seguido, los dos guardias me arrastraron hasta mi celda, en el corredor de la muerte, donde se respiraba odio y agonía. Justo los sentimientos que se iban apoderando de mí con un ansia incontrolable.

Una vez instalada, me puse a recordar, a reflexionar… Me acordé de mi marido en la sala del juzgado. Recordé su trampa, y como si de un puzle se tratase, todas las piezas comenzaron a encajar… Las notas, las falsas pruebas… Todo. Había sido víctima de un engaño sin igual…

Antes de que todo comenzara, dirigía una empresa. Mi empresa. Tenía todo lo que se podía desear: un buen marido, un ático en el centro de la ciudad, cualquier tipo de aparato de última generación y mucho, mucho dinero, además de unas largas, brillantes y resplandecientes uñas postizas, por cierto.

La noche del primer asesinato, me encontraba en casa con la asistenta. Estábamos solas, pues mi marido hacía tiempo que no pasaba por allí.

Después de tomarnos una suculenta ensalada, Lucy y yo nos fuimos a dormir. Sentía que me iba a reventar la cabeza del dolor. Mi marido jamás apareció.

No fue hasta la mañana siguiente, cuando viendo los informativos me enteré de la desastrosa noticia: una joven mujer había sido brutalmente estrangulada. En la escena del crimen solamente se había encontrado una uña postiza. Igual a las mías. Una macabra coincidencia, pues esa misma mañana me percaté de que me faltaba una. Pero esa no era mía. Lo juro.

Algo me inquietaba. Algo no me cuadraba. Me dolía la cabeza, mucho. Aún así me fui a trabajar. Fue esa mañana, cuando al abrir mi BlackBerry vi la nota. Me recordaba que debía ir a la calle Eternidad esa misma tarde a ver a un cliente importante y concretar los datos de los que habíamos hablado. Era extraño. Jamás olvidaba una cita y ésa, sin embargo, no era capaz de recordarla.

Por la tarde, tras hablar con mi marido y, cómo no, discutir, cogí un taxi. Me dirigía al lugar donde había quedado con mi cliente, tal y como tantas otras veces había hecho. Ahora el dolor de cabeza iba en aumento, casi no lo soportaba.

Esa noche, como era de esperar, mi marido tampoco estaba en casa cuando yo llegué. Ahora entiendo por qué.

Al dormir tuve un sueño inquieto y amanecí nerviosa, con el punzante dolor de cabeza siempre presente. Mientras me tomaba el café, leía el periódico como de costumbre y una noticia captó mi atención. Otro asesinato. Esta vez se trataba de un hombre. Había sido apuñalado y no se habían encontrado pruebas. Pero eso no fue lo que me inquietó. Fue el lugar y el momento del crimen: la tarde del día anterior, en le calle Eternidad.

No podía ser. Imposible. Yo misma recordaba haber ido a la calle a ver a mi cliente. ¿Tan cerca había estado del asesino? De pronto sufrí un ataque de nervios y me puse histérica. ¡Podría haber muerto! Decidí quedarme en casa ese día y no ir salir. Con esos nervios no podía ir a ningún lado.

Así que me puse a trabajar desde casa. Abrí mi cuanta de correo y me apareció una tarea pendiente. Algo que yo no recordaba haber escrito. Algo tan siniestro que no pude reprimir los gritos. En mi misteriosa tarea se relataba, con pelos y señales, el lugar y momento de un asesinato. Pero no sólo eso. Se encontraba perfectamente descrito como iba a morir la víctima.

Tras superar el profundo estado de «shock» que sufrí, imaginé que había sido todo una broma, así que llamé a la única persona que conocía la contraseña de mi cuenta: mi marido.

-¿Peter? ¿Me has oído? ¡Dime que es una broma!

-Charlotte, ya te he dicho que no sé de qué me hablas. Siempre pensé que estabas un poco loca. Nunca me gustaron tus repentinos cambios de humor.

Sus palabras me frustraron, pero me hicieron pensar. ¿Y si no fuese una broma? ¿Y si de verdad alguien me estaba poniendo a prueba? Sin dudarlo descolgué el teléfono y llamé a la policía. Tras comunicarle al teniente todo lo que conocía, decidí que era momento de relajarme. Había cumplido con mi deber y de repente me embargaba una extraña sensación de júbilo. Atraparían al asesino. Y al fin podría verle la cara, aunque ya me imaginaba de qué color serían sus ojos. Habría apostado lo que fuese a que serían iguales a los que me habían mirado durante veinte años.

Después de darme una ducha caliente, me vestí y me dirigí al lugar que se citaba en mi tarea. Debía estar allí, lo sentía. Necesitaba saber quién quería torturarme de ese modo. Ahora no me cabe la menor duda.

Llegué a la escena del futuro crimen junto con la policía y para sentirme segura, opté por llevar algo con qué defenderme en caso de que las cosas se pusiesen feas. Sólo como medida de precaución.

La hora del crimen llegó y por allí no aparecía nadie que tuviera la intención de acabar con la vida de un pobre chico. Pero la víctima sí que apareció. Las sienes me latían con rabia.

Después sólo recuerdo que grité: «¡Atrápenlo! ¡Es él! ¡Las cosas tienen que ser así!». Y me abalancé sobre alguien. Más tarde aparecí en el calabozo y posteriormente, me encuentro acusada y culpable de tres asesinatos de primer grado con premeditación. Tres asesinatos que yo no cometí y en los que fui astutamente implicada.

Hubo un tiempo durante el proceso que llegué a dudar de mi inocencia. Pero al salir de la sala comprobé que tenía razón: jamás cometí ninguno de esos brutales crímenes. Ni siquiera conocía a las víctimas. Nunca llegué a verles la cara.

Mi marido. él me odiaba, siempre lo ha hecho. Me ha envidiado hasta la saciedad, sobre todo mi fortuna. Ahora no tendrá que pelear por ella tras el divorcio. Dentro de siete días moriré. Y sólo será gracias a él.

Al séptimo día me vinieron a buscar y me llevaron a la que, supuse, sería la sala de ejecuciones. No hubo una palabra. Ni siquiera se me concedió el beneficio de la duda justo antes de quitarme la vida. Nadie jamás se molestó en oír mi versión, ni en testificar a mi favor. Tampoco Lucy, que sabía lo de Peter.

Me senté en aquel frío taburete de metal y esperé mi muerte de forma apacible y tranquila, de un modo que jamás imaginé. El dolor de cabeza había cesado al fin.

El verdugo se acercaba, con la jeringuilla en la mano. Sentí la aguja en mi piel. Estaba fría, como todo allí.

Y fue entonces, y solo entonces, cuando oí esa voz en mi cabeza, la solución a todos mis problemas. La verdadera causa de mi muerte. «Al fin he acabado contigo, pobre inocente. Este cuerpo será solo mío. Ahora lo convertiré en pura maldad. Por siempre».

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